« Desaparición de Caro | Principal | Tres Haikus Corporativos y ninguna oracion desesperada* »


Salió del lugar sin haber dicho nada de lo que tenía pensado decir, y después de decir una serie de cosas que nunca sospechó que diría.

En el patio de butacas un señor gordo acaba de desmayarse. Su señora le ha confesado todas las infidelidades de los últimos 4 años. La gente sigue hablando, discutiendo o masturbando a sus parejas por debajo de la mesa. En el escenario, el pequeño prodigio toca una melodía con su violín al lado de un árbol de navidad ardiendo. Parece el mismísimo hijo de la suprema encarnación del Mal. Además, está feliz. Sonríe. Todos saben que el señor de la mesa ocho es detective privado. Sombrero y gabardina. Ginebra y tónica. Probablemente ande buscando la poesía. Lo lógico es que piense que el más cuerdo de aquella sala sea ese crío, pero descarta interrumpir su momento de gloria para preguntarle por semejante furcia. El tramoyista cambia el decorado, compuesto por gruesas cortinas, suelo que simula el mármol blanco y negro de la Habitación Roja de Twin Peaks y mesa de comedor estilo Chipperdale. Pero decide dejar el árbol de plástico, ya prácticamente derretido. Alguien dice en voz alta que de qué se rie el mocoso ese y acto seguido otro alguien pide silencio. Un tipo argentino pregunta que dónde está el servicio. Todo el mundo se levanta al mismo tiempo (todo el mundo no) y le señala hacia la misma puerta. Parece ser que hay coordinación. Una chica le pregunta que si es poeta y a continuación le propone matrimonio. El detective pide otra copa más, y escribe en su libreta. El joven violinista toca frenéticamente. Sus mocasines han empezado a arder, suda y desde aquí parece que ha roto más de una cuerda. No suena igual pero sigue sonando muy bien. El tramoyista está visiblemente drogado y decide no cambiar más de decorados (que además están ardiendo). El señor que se desmayó y su esposa se fueron hace cuarenta y tres minutos. Él en taxi; ella en bici. Casi todo el mundo baila como poseídos por Fred Astaire y Ginger Rogers, pero, sinceramente, con una técnica mucho menos depurada. El detective tiene tres sospechosos de secuestro. Ante la indecisión decide disparar al violinista, que sigue siendo un niño pero que cada vez lo es menos. El argentino sale del baño y comenta que en el espejo alguien ha escrito redrum con carmín (sí, era necesario esto) y todos sonríen. Su nueva esposa le agarra del brazo y le pide que recite algo. Él dice que le parece que van demasiado rápido para ser la primera vez que se casan. Ella le dice que tiene suerte de no conocer al ensayo.

W.A.R.S.


Escribe un comentario









¿Recordar información personal?